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Hijos, nietos y sobrinos «primerizos»

Oct 13, 2016 | Blog, Psicología infantil y adolescente

Cuando queremos darles todo: sobreprotección, límites y autonomía

Cuando llega un niño a la familia, especialmente si es el primero, es normal que reciba muchísima atención, ilusión y cariño por parte de padres, abuelos, tíos y otros familiares.

El problema no está en darle amor, afecto o disfrutar con él. Eso es fundamental.

La dificultad puede aparecer cuando, con la intención de que esté siempre contento o de evitarle cualquier malestar, terminamos cediendo ante todas sus demandas, evitando que se frustre o resolviendo continuamente las dificultades por él.

No ocurre en todas las familias ni depende de que sea el primer hijo, nieto o sobrino. Lo importante es observar qué dinámicas se van creando alrededor del niño y si estamos favoreciendo progresivamente su autonomía.

Quererles mucho no significa darles todo

A veces confundimos cuidar con evitar cualquier frustración.

Podemos querer muchísimo a nuestros hijos y, al mismo tiempo, decirles que no, mantener límites o permitir que experimenten pequeñas dificultades adecuadas a su edad.

La tolerancia a la frustración se desarrolla precisamente viviendo situaciones en las que no siempre obtenemos lo que queremos y aprendiendo, con el acompañamiento de los adultos, a manejar lo que sentimos.

Esto no significa provocar frustraciones innecesarias, sino no intentar eliminarlas todas.

Sobreproteger también puede limitar su autonomía

Cuando hacemos continuamente por un niño aquello que ya podría intentar hacer por sí mismo, podemos transmitirle sin querer que no confiamos en sus capacidades.

Nuestro papel no consiste en evitar que encuentre dificultades, sino en estar disponibles para ayudarle a afrontarlas.

En lugar de resolver inmediatamente, podemos acompañar:

“Inténtalo tú primero y si necesitas ayuda, estoy aquí”.

De esta manera favorecemos la autonomía, la confianza y la sensación de capacidad.

Aprender a aceptar un “no”

Los niños necesitan límites.

Habrá ocasiones en las que quieran un juguete, una golosina, más tiempo de pantalla o seguir jugando cuando es hora de marcharse.

Podemos comprender que se enfaden o se frustren sin cambiar necesariamente nuestra decisión.

Por ejemplo:

“Sé que te gustaría muchísimo llevártelo y entiendo que estés enfadado, pero hoy no vamos a comprarlo”.

Acompañar la emoción no significa ceder.

No es necesario evitar todas las caídas

Frases como “cuidado”, “te vas a caer” o “déjame que lo haga yo” pueden aparecer de forma automática cuando queremos protegerles.

Evidentemente debemos intervenir cuando existe un riesgo real, pero en situaciones seguras también necesitan experimentar, equivocarse y volver a intentarlo.

Caerse, cometer errores o descubrir que algo no sale a la primera forma parte del aprendizaje.

Podemos estar cerca para acompañarles cuando lo necesiten sin hacer siempre las cosas por ellos.

Alentar en lugar de valorar únicamente el resultado

También podemos ayudarles a desarrollar una autoestima menos dependiente de la aprobación externa.

Además de decir “qué bien” o “eres el mejor”, podemos fijarnos en su esfuerzo, sus decisiones o el proceso:

“Has seguido intentándolo aunque era difícil”.

“Veo que te has esforzado mucho”.

“Gracias por ayudarme”.

“Confío en que puedas intentarlo”.

“¿Cómo te sientes con lo que has conseguido?”.

Así ayudamos al niño a reconocer sus propios recursos y a construir progresivamente confianza en sí mismo.

Enseñar el valor de las cosas

Cuando los niños reciben constantemente aquello que desean, puede resultarles más difícil aprender a esperar, elegir o valorar lo que tienen.

No se trata de no hacerles regalos, sino de evitar que cada deseo tenga que satisfacerse inmediatamente.

Esperar a una ocasión especial, ahorrar para algo que quieren o elegir entre varias opciones son pequeñas experiencias que pueden ayudarles a desarrollar paciencia y responsabilidad.

Ponernos de acuerdo con abuelos y otros familiares

En algunas familias, los abuelos, tíos u otros familiares disfrutan haciendo regalos o consintiendo determinadas cosas.

No es necesario que todos los adultos actúen exactamente igual, pero sí puede ser útil establecer algunos acuerdos cuando hay aspectos importantes de la educación del niño que queremos mantener de forma coherente.

Podemos explicar con cariño:

“Preferimos que no le compréis cosas cada vez que salís”.

“Si quiere algo especial, preguntadnos antes”.

“Estamos trabajando este límite en casa y nos ayudaría que vosotros también lo mantuvierais”.

Amor, límites y autonomía pueden ir juntos

Nuestros hijos necesitan sentirse queridos, protegidos y acompañados.

Pero también necesitan oportunidades para esperar, frustrarse, equivocarse, resolver pequeños problemas y descubrir que son capaces de hacer muchas cosas por sí mismos.

El objetivo no es endurecer la crianza ni dejar de ayudarles, sino encontrar un equilibrio entre protección y autonomía, afecto y límites, acompañamiento y confianza en sus capacidades.