«Nunca te vayas con desconocidos» – entrevista en rtve

«Nunca te vayas con desconocidos» – entrevista en rtve

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«Nunca te vayas con desconocidos»: cómo preparar a los niños ante casos como el de Lardero sin generar miedo

  • Tres psicólogos infantiles lanzan algunos consejos a las familias para que sepan cómo enfocar la conversación
  • Es importante hablarles con tranquilidad, no «sobreinformar» y transmitirles que la gran mayoría de las personas «son buenas»

 

Por JESSICA MARTÍN
Una madre y su hija se acercan al lugar en el que se ha rendido homenaje al niño asesinado en Lardero. 
Una madre y su hija se acercan al lugar en el que se ha rendido homenaje al niño asesinado en Lardero.  EFE
7 min.«Nunca te vayas con desconocidos». Cualquier padre o madre ha lanzado ese mensaje a sus hijos y probablemente lo haya hecho en repetidas ocasiones, pero, ¿cómo explicarles por qué no deben hacerlo sin provocarles miedo o angustia? ¿De qué manera hay que prevenirles ante una situación como la que vivió el pequeño Álex, el niño de 9 años asesinado en Lardero, tras ser engañado en un parque?

Varios psicólogos consultados por RTVE.es adelantan que no hay respuestas sencillas ni genéricas a esas preguntas, pero sí consideran que hay algunos consejos que podrían ayudar a las familias a abordar esa conversación necesaria y obligatoria

Primer paso para los padres: analizar su propio temor

El psicólogo Javier Urra, experto en infancia y adolescencia, incide, antes de lanzar sus recomendaciones, en que la sociedad no debe «girar el tablero» para poner el foco en la responsabilidad que tienen los niños o los padres en casos como el de este crimen. Él opina, y lo señala varias veces durante la entrevista, que «este tipo de depredadores no deberían estar en la calle» y que lo sucedido no es un «accidente», sino «un fallo del sistema».

Una vez lo deja claro, aconseja a las familias que hablen con sus hijos de manera calmada y «sin alarmismo» sobre estas situaciones.

Shamira Díaz, también psicóloga infantil, propone que, antes de hablar con los menores, sean los padres quienes se sienten a solas y «se paren a pensar cómo se sienten ellos», ya que lo que trasladen a los niños después va a depender en gran medida de sus emociones.

«Tener miedo como padres es natural y tenemos que aceptarlo, pero sí he de poner un límite entre mi miedo como adulta y el de mi hijo. Hay que decir ‘yo soy una persona y mi hijo es otra persona y no tiene por qué vivirlo de la misma forma que yo», explica esta psicóloga, quien subraya que a los niños hay que hablarles «en frío, cuando ya se ha gestionado el propio miedo». 

Enfocarlo como una norma familiar: «no irse con desconocidos sin avisar»

Una vez hecho ese ejercicio, hay que intentar acercarles a la situación de un modo adecuado para su edad y enfocar el mensaje como si se estuviera acordando una norma familiar. No debe convertirse en una simple orden o prohibición sino en una especie de pacto.

«A veces les decimos ‘no hables nunca con desconocidos’ y, sin darnos cuenta, les angustiamos. Les podemos decir, por ejemplo: «Cariño, cuando estés jugando en el parque, si alguien te dice que puedes ir a ver unos juguetes que tiene superchulos o te quiere dar unos caramelos o te invita a ver un cachorrito, nos lo tienes que decir a los papás primero. No te puedes ir sin avisarnos», dice la psicóloga Alejandra García Pueyo, psicóloga infanto-juvenil y psicoterapeuta familiar.

Lo siguiente es contarles cómo deben actuar si esa situación se da y un desconocido insiste en que les acompañe. Lo que hay que decirle a los niños en estos casos es que no se acerquen demasiado, que salgan corriendo e, incluso, que griten para pedir ayuda. 

Los vecinos y padres de Lardero siguen preocupados tras el crimen del pequeño Álex – Ver ahora

García Pueyo sabe que alcanzar el equilibrio para que el mensaje cale en ellos sin provocar demasiada inquietud es difícil y por eso pide hacerlo en tono calmado. Se trata de que no vivan la prevención «desde el miedo», sino «desde la conciencia», y de que conozcan las razones por las que no se deben ir con desconocidos. 

«Podemos preguntarles a ellos por qué piensan que les decimos esto y por qué creen que es importante que sepamos dónde están. Muchas veces lo que ocurre es que ellos aceptan la norma en piloto automático. Simplemente saben que no se pueden ir sin avisar, pero no han comprendido por qué y cuando se ven en esta situación, de repente, les ofrecen algo súper interesante y puede que se terminen yendo», añade esta misma psicóloga, que también imparte numerosos talleres de Disciplina Positiva para padres y educadores.

Hacer a los niños partícipes de la reflexión para que tomen conciencia

Para hacerles partícipes de la reflexión ella recomienda utilizar ejemplos y hacerles ver que tampoco los «papás» se van sin avisar, es decir, que también la norma les incluye a ellos. «Se le puede decir: ‘Imagínate que estamos en un centro comercial o vamos a un parque y que de repente mamá desaparece. Tú no la ves, se ha ido con otra persona porque le dice que le va a enseñar unos libros. ¿Cómo te sentirías tú? ¿No estarías preocupado? Quizá dirías, ‘mamá, ¿dónde estás? ¿Por qué no me has avisado?». Así, además, los niños también podrán empatizar con sus padres, dice.

 

Por otra parte, según los expertos, es recomendable explicarles con naturalidad los motivos por los que tienen que avisar:

«Es fundamental decirles que la mayoría de la gente es muy buena, que es estupenda, pero que hay algunos que no lo son y que por eso no pueden irse con cualquiera», apunta Urra, incidiendo en que los niños deben saber que sucesos como el de Lardero son infrecuentes. No pueden quedarse con el mensaje, dice, de que hay una gran probabilidad de que les ocurra lo mismo o de que sean engañados. 

Es fundamental decirles que la mayoría de la gente es muy buena

De por sí, con esta conversación, «les estás quebrando un poco la inocencia y les estás inyectando un poco de paranoia» en beneficio de la prevención, dice Urra, que ha representado a España en foros internacionales como Naciones Unidas o el Parlamento Europeo, y que fue Defensor del menor en la Comunidad de Madrid. A su juicio, lo que hay que evitar a toda costa es trasladarles un miedo excesivo y que, por evitar una situación poco probable, se les genere una gran inseguridad o alarma en su día a día.

Con él coinciden también Díaz y García Pueyo, quienes, en este sentido, recomiendan ofrecer la información justa a los pequeños. También en caso de que el propio niño sea quien haga preguntas conviene responder a sus cuestiones sin ofrecer detalles que puedan causarles inseguridad.

En el caso del asesinato de Lardero, ya es suficiente que sepan que el agresor se llevó al menor mediante engaños y que fue asesinado. No aportaría nada hablarles de cómo apareció o qué había hecho anteriormente el detenido. Del mismo modo, recuerdan que los niños siempre tienen su «radar» y, aunque los adultos crean que no escuchan sus conversaciones o que no están atentos a las noticias que se cuentan en televisión, se les quedan muchos mensajes inadecuados.

«Por eso es muy necesario conversar con ellos, tranquilizarles y darles seguridad. Decirles ‘no te va a pasar nada a ti porque estás rodeado de personas que te protegen’. Pero para eso tenemos que saber siempre dónde estás», apunta Díaz.

No asustar ni «inculcar» el miedo propio

Estos consejos siguen una línea opuesta a la que se aplicaba en el pasado, comenta García Pueyo. Aquellas advertencias que generaciones atrás se les hacía a los niños sobre el posible acecho de «el coco» o «el hombre del saco» no son, en absoluto, positivas.

Tampoco es bueno provocar en los menores un estado de «hiperalerta», dice Díaz: «Los padres fóbicos desarrollan hijos que también suelen tener fobias y se convierten en adultos como ellos. Esto no es bueno. Al final, son miedos inculcados que son del padre o de la madre, pero lo normal es que las personas desarrollemos miedos en función de nuestra propia experiencia y que no sean traspasados». 

Los padres fóbicos desarrollan hijos que también suelen tener fobias

«Por ejemplo, puede que si tengo un accidente de tráfico desarrolle miedo a incorporarme a la autovía, pero es porque he tenido un accidente de tráfico. Que mi hijo desarrolle ese miedo al coche, sin haber tenido una experiencia, significa que se lo he generado yo. Por eso incido en la importancia de respetar el límite entre tu hijo y tú«, agrega Díaz, convencida de que este consejo se puede aplicar a otras circunstancias y a otro tipo de temores.

Por otro lado, Urra señala que en este asunto no hay que obviar que los niños son «crédulos», por lo general, y que eso es algo que criminales como el de Lardero saben perfectamente. A eso se suma otro «atributo» infantil que hace más difícil para un niño decir ‘no’: la curiosidad. «Si los adultos somos fácilmente engañables, imagínate un niño», incide.

También él deja claro que el hecho de que un menor acceda a irse con un desconocido no implica necesariamente que haya recibido peor educación o que sea menos inteligente.

Díaz lo explica así: «Yo creo que influye incluso el contexto. En entornos más rurales o en pueblos más pequeños los niños son más abiertos y suele haber menos miedo a que pase algo. En Madrid yo noto que es distinto, que las salidas están más estructuradas. También hay niños que, por variables de personalidad, por haberla construido en ambientes de confianza, no ven el riesgo. Puede haber múltiples factores». 

Explicar a los niños la guerra en Ucrania: consejos de los psicólogos y cómo enfocar la conversación

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Traductor de adolescentes: cuando dicen «paso» quieren decir «ayúdame a interesarme» eldiario.es Alejandra García

Traductor de adolescentes: cuando dicen «paso» quieren decir «ayúdame a interesarme» eldiario.es Alejandra García

La adolescencia, una de las etapas más complicadas para los chavales porque no saben muy bien donde identificarse, se sienten perdidos y tienen unas prioridades que no tenemos los padres. Así mismo, también es un época complicada para los padres, por ello en la siguiente entrevista que me hicieron para eldiario mi compañera Violeta Alcocer y yo os damos algunas recomendaciones para que os ayuden a entenderles.

Los adolescentes, aunque no lo parezcan, son terriblemente vulnerables: tienen que lidiar con cambios físicos, emocionales, sociales y familiares y hacerlo todo contando con un sistema nervioso aún inmaduro. Es como si cada día se tuvieran que mirar al espejo y preguntarse: ¿quién soy hoy? Lo que los adultos ven, sin embargo, es la superficie: malas contestaciones, aislamiento, impulsividad, desinterés y actitudes desafiantes. Y cada vez que se les responde a todo eso desde el enfado, las amenazas, fiscalizando sus vidas o con un «haz lo que quieras», lo que ellos entienden es: esto no es un territorio seguro, mejor me alejo.

La psicóloga Araitz Petrizán y la psiquiatra Maite Nascimento, autoras de Trece razones para hablar con tu hijo adolescente (Ediciones B), sugieren que «es necesario aceptar la inestabilidad como algo propio de la adolescencia: el choque va a ocurrir de forma inevitable y no podemos evitar el conflicto, pero sí encauzarlo y dirigirlo».

«No me esperéis a cenar»

Inmunes e inmortales. Estas son las creencias sobre sí mismos que tiene casi cualquier chaval que se encuentre en esta edad. Y con esta idea se visten, dicen que se van a pasar la tarde con amigos y aseguran que llegarán a casa antes de las doce. Cualquier adulto sabe bien la cantidad de riesgos a los que se expone una persona joven; y según apuntan neurocientíficos como Daniel Siegel, no les importará ponerse en peligro si la recompensa (social principalmente) merece la pena.

Petrizan y Nascimento añaden que «un adolescente tiene que ir contra todo el sistema que le ha acompañado durante sus primeros años de vida para poder identificarse y encontrarse a sí mismo. Desconocen cuáles son sus límites y los exploran sin tener demasiado en cuenta las consecuencias.

Con este panorama, lo que se encuentran en casa los chavales, como es lógico, son un montón de advertencias y prohibiciones. Pero si pudiésemos leer sus mentes, detrás del «no me esperes» seguramente encontraríamos algo parecido a «necesito sentirme libre, pero también saber que estáis ahí por si os necesito».

A la hora de establecer normas, parece que la clave está en llegar a acuerdos con flexibilidad. Así lo cree Alejandra García Pueyo, psicóloga especialista en infancia y adolescencia, que afirma que «las prohibiciones no funcionan bien a esta edad», subrayando la importancia de «establecer un clima de confianza, donde, si le ocurre algo, por ejemplo ha bebido y necesita nuestra ayuda, tenga la tranquilidad de poder acudir a nosotros». En este sentido, añade que «es importante tener en cuenta sus necesidades y establecer la hora de llegada con él. Pero que sepa que estamos disponibles en caso de aprietos es esencial».

«Que te pires»

El problema está en que, cuando uno tiene ya aprendidas las coletillas, no es tan fácil evitarlas y mucho menos en situaciones de tensión («Sal ya de mi cuarto»). A menos que uno sea consciente de que lo que significa esta frase es algo parecido a: «por favor, dame un poco de espacio, necesito estar a solas un rato», lo que el adulto siente en esta situación es un gran desafío y lo que habitualmente hará es responder con indignación e imposición de poder («¿Cómo? Tú a mi no me vuelves a hablar así»).

Sin embargo, «si frente a estos comentarios nos desbordamos, gritamos e insultamos –apuntan Petrizán y Nascimento– perdemos la autoridad y contribuimos a incrementar la tensión, haciendo que la discusión y el conflicto vayan en aumento. No obstante, si presentamos autocontrol emocional y respondemos serenos, seguros y firmes, les ayudaremos a regular sus impulsos y les daremos la oportunidad de aprender cómo responder en situaciones de malestar emocional. Debemos tomar distancia y no interpretar literalmente las expresiones, pues hemos de ser conscientes de que surgen desde la inmadurez».

Lo recomendable, añade García Pueyo, es «no responder a esas frases en el momento, sino esperar a estar todos tranquilos y entonces hablar de ello explicando cómo nos sentimos; incluso abordar lo ocurrido desde el humor, que siempre acerca».

«Paso»

Si en algún momento hemos pensado que los adolescentes son vagos y están desmotivados, observemos más atentamente. Por lo general descubriremos que hay muchas cosas que les motivan (videojuegos, chatear hasta altas horas de la noche, dormitar, salir por ahí con sus amigos, planear un viaje en grupo…). ¿Y entonces? García Pueyo asegura que «lo que echamos en falta, en realidad, es que sus prioridades sean iguales que las nuestras (ordenar su cuarto, ducharse, llamar por teléfono si se retrasa, cenar en familia…), cosa que no siempre va a suceder».

Frente a su pasotismo, la reacción adulta suele ser, aparte de las críticas, la desesperanza («No hay nada que hacer con este chico»). Sin embargo, cuando un chaval pone los ojos en blanco ante la idea de ir a una comida familiar, lo que posiblemente está diciendo es: «Necesito que toques las teclas adecuadas, ayúdame a interesarme». Una idea para conseguirlo, dice la especialista, es «involucrarnos nosotros en sus intereses para recuperar la conexión y la cercanía, en vez de exigir que hagan ellos el esfuerzo en primer término».

En cualquier caso, concluyen Petrizán y Nascimento, «habitualmente esta desmotivación es solo transitoria y una reacción normal al proceso de adaptación ante los cambios que están atravesando. La motivación se nutre del bienestar de enfrentarse a retos y superarlos. Por lo tanto, tratemos de asegurarle un escenario donde encuentre retos a su medida».

 

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